lunes, 29 de diciembre de 2025

EL FERROCARRIL DE BILBAO A DONOSTIA CUMPLE 125 AÑOS (I)

Una de las últimas obras del ferrocarril de Bilbao a Donostia fue la apertura del viaducto sobre el río Urola en Zumaia, obra que recientemente ha sido rehabilitada por Euskal Trenbide Sarea. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Hoy, 29 de diciembre se conmemora el 125 aniversario de la inauguración oficial del último tramo del ferrocarril de Bilbao a Donostia, la sección comprendida entre las estaciones de Deba y Zarautz. La apertura de este trayecto culminaba una compleja aventura ferroviaria iniciada en 1878 y que sería impulsada por hasta tres empresas diferentes, aunque con estrechas vinculaciones entre ellas.

Primitiva locomotora de vapor del ferrocarril Central de Vizcaya. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Un ferrocarril por fascículos

Durante todo el siglo XIX y el primer tercio del XX, la construcción de la red ferroviaria española fue acometida por empresas privadas que, en régimen de concesión, gestionaban posteriormente su explotación durante un periodo generalmente establecido en 99 años. Ante la práctica inexistencia de competencia por parte de la carretera, el ferrocarril era un negocio y cómo tal era considerado, aunque en nuestro país nunca resultó, salvo excepciones como la línea de Bilbao a Donostia, demasiado lucrativo, más bien, al contrario. No obstante, la inversión privada se complementaba con cuantiosas subvenciones y ayudas públicas del Estado, diputaciones y ayuntamientos, tanto en capital como en otros recursos como cesión de terrenos, madera para la confección de traviesas de los bosques del entorno y otros beneficios. En algunos casos, este apoyo alcanzó hasta el 50% de la inversión total realizada.

La primera premisa para que un ferrocarril pudiera recibir las jugosas subvenciones estatales era que, previamente, su recorrido estuviera incluido en el Plan General de Ferrocarriles establecido por el Estado. Para ello, en cumplimiento de la Ley de 13 de abril de 1864, la Junta Consultiva de Caminos, Canales y Puertos estudió la construcción de un ferrocarril desde Santander a Bilbao y Zumárraga (Gipuzkoa), donde empalmaría con la línea de la Compañía del Norte de Madrid a Irún, lo que permitiría la conexión con Donostia y la frontera francesa, pero, finalmente, la idea fue descartada por la Comisión Especial encargada de la redacción definitiva del Plan, debido a la baja demografía y escasa actividad económica de la zona, unido a las enormes dificultades técnicas del proyecto.

Ciertamente, la Comisión Especial encargada de proponer el Plan General de Ferrocarriles tenía en aquel momento histórico razones de peso para rechazar la construcción del ferrocarril de Santander a Bilbao y Zumárraga, y no sólo por las grandes dificultades que era previsible encontrarían sus promotores ante un relieve especialmente abrupto e irregular, marcado por profundos y estrechos valles que cortarían perpendicularmente la traza, lo que obligaría a ejecutar constantes saltos entre sus divisorias y, por consiguiente, exigiría levantar importantes viaductos y perforar numerosos túneles. Es preciso tener en cuenta que, en la época en la que se redactó el citado Plan, la costa cantábrica todavía no había experimentado el despegue minero, industrial, económico y demográfico que viviría muy poco después, con la explotación industrial de los grandes yacimientos de mineral de hierro de Bizkaia, que trajo consigo el rápido desarrollo de la industria siderúrgica y de la economía de la región. Baste recordar que, en 1858, Santander únicamente contaba con 24.702 habitantes, Bilbao, con 17.649, y San Sebastián con 14.111.

Apenas había transcurrido una década desde la redacción del Plan General de Ferrocarriles de 1867 para que el panorama experimentase un cambio radical. Evidentemente, las condiciones de la orografía seguían siendo las mismas, pero tras el final de la tercera guerra carlista en 1876, la economía de la región experimentó un rápido desarrollo gracias a los beneficios obtenidos a partir de la explotación intensiva de sus recursos mineros. Así, en 1887 Santander ya sumaba 42.125 habitantes, Bilbao 50.772 y San Sebastián 29.643. Es decir, en menos de treinta años, las tres capitales cantábricas habían más que duplicado su población, y lo mismo había sucedido en sus respectivas provincias.

Naturalmente, para mantener este rápido desarrollo económico y demográfico era necesario disponer de modernos sistemas de transporte, pero la falta de apoyo estatal, al no estar incluida la línea del Cantábrico en el Plan General de Ferrocarriles, unido al estrepitoso fracaso financiero de los primeros ferrocarriles en la zona, los de Tudela a Bilbao y de Alar a Santander, desanimaban a cualquier inversor a arriesgar sus capitales en esta clase de proyectos. Solo un grupo de emprendedores fue capaz de romper esta dinámica, cuando se animaron a construir un pequeño tren entre Bilbao y Durango, cuya primera concesión fue otorgada a Timoteo Ercilla Cenarruzabeitia el 15 de diciembre de 1877.

En un principio, la nueva línea se planteaba como un ramal de vía ancha del ferrocarril de Tudela a Bilbao, desde la estación de Dos Caminos (Basauri) a Durango. Sin embargo, depender de otra empresa, en aquel momento, ya, la Compañía del Norte, para alcanzar la capital vizcaína, comprometía el futuro del nuevo ferrocarril. Por ello, sus promotores, tildados en los ámbitos financieros de la ciudad como «los locos del duranguillo», pronto decidieron alcanzar con sus propias vías el corazón de Bilbao y para ahorrar costes optaron por reducir su ancho de vía, lo que lo convirtió en el primero de vía métrica y servicio público de la cornisa cantábrica.

La construcción del ferrocarril de Durango a Zumárraga facilitó la conexión de Bilbao con San Sebastián, pero con un obligado transbordo en Zumárraga debido al diferente ancho de vía. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Primer fascículo

Las Reales Órdenes del 15 de enero de 1879 y del 24 de mayo de 1879 refrendaron la prolongación del ferrocarril hasta Bilbao y el cambio del ancho de vía, del normal español al métrico. Poco después, el 9 de junio de 1880, el contratista cántabro Javier González Riancho emprendió las primeras obras bajo la dirección del ingeniero Adolfo Ibarreta.

Para gestionar las obras y la futura explotación del ferrocarril de Bilbao a Durango sus promotores constituyeron, el 17 de mayo de 1880, la Compañía del ferrocarril Central de Vizcaya, que sería presidida por Francisco Igartua. La construcción de la línea se desarrolló con gran rapidez, favorecida por seguir el amplio valle del río Ibaizabal, por lo que las únicas obras de entidad fueron la perforación del túnel de Miraflores, de apenas 313 metros de longitud, y el tendido de cinco puentes sobre el Nervión, el Arratia y el propio Ibaizabal. En consecuencia, el 15 de abril de 1882 circuló el primer tren de pruebas entre Bilbao y Durango y el 30 de mayo se procedió a su inauguración oficial, aunque el inicio del servicio público se pospuso al 1 de junio de 1882.

Pese a las dudas que muchos albergaban, desde los primeros días de explotación se pudo comprobar que la nueva línea de Bilbao a Durango era excepcionalmente rentable. El primer año sus accionistas vieron remunerada su inversión con un interés del 8% y, a partir de 1888 éste se situó siempre por encima del 12%. En consecuencia, muchos llegaron a la conclusión de que, a falta del apoyo económico del gobierno, la única opción para construir los ferrocarriles que tanto necesitaba el desarrollo económico de la cornisa cantábrica era seguir el ejemplo del Central de Vizcaya: reducir los gastos de construcción al máximo con la utilización de la vía estrecha en lugar del ancho normal español.

Un tren procedente de Zumárraga alcanza la estación de Zaldibar. En cabeza, una de las primeras locomotoras articuladas sistema Mallet de nuestro país. Archivo Municipal de Burgos

Segundo fascículo

Una de las empresas que emuló al Central de Vizcaya fue la del ferrocarril de Durango a Zumárraga, que pretendía enlazar en la localidad guipuzcoana con los trenes de vía ancha de la Compañía del Norte de Madrid a Irún. De este modo, se podría establecer, mediante el oportuno trasbordo, la conexión de Bilbao con San Sebastián y la frontera francesa.

El 15 de mayo de 1884 se constituyó la Compañía del ferrocarril de Durango a Zumárraga, presidida también por Francisco Igartua, empresa que el 26 de abril de 1885 obtuvo la concesión definitiva para la construcción de esta línea que, además, incluía un pequeño ramal desde Maltzaga hasta los hornos altos de San Pedro de Carquízano (Elgoibar), propiedad de Romualdo García, uno de los principales accionistas de la nueva sociedad.

A diferencia del Central de Vizcaya, la construcción del ferrocarril de Durango a Zumárraga debía afrontar importantes retos, ya que tenía que superar dos divisorias de aguas, la primera entre el Ibaizabal y el Deba y la segunda entre éste y el Urola. Para abaratar al máximo los costes, el proyecto redactado por José Luis Torres Vildósola forzaba hasta límites insospechados las rampas, que en varios tramos alcanzaban las 26 milésimas, y los radios de las curvas, algunas de tan solo 60 metros.

Antes incluso de obtener la concesión definitiva, el 19 de febrero de 1885, el ferrocarril de Durango a Zumárraga adjudicó las obras a la Viuda de Aróstegui y a Pedro Gandiaga, que trabajarían a las órdenes del ingeniero Adolfo Ibarreta. Transcurridos quince meses, los trabajos estaban lo suficientemente adelantados como para poder inaugurar la primera sección, entre Durango y Zaldibar, donde otro notable accionista de la empresa ferroviaria, Manuel María Cortázar, regentaba un importante balneario, el 21 de junio de 1886.

Tras el inicio de la explotación de este pequeño tramo de 8 kilómetros, inicialmente encomendada al Central de Vizcaya a la espera de que el Durango Zumárraga recibiera su propio material móvil, prosiguieron las obras, de modo que el 19 de septiembre de 1887, con asistencia de la reina regente María Cristina, se pudo inaugurar el tramo comprendido entre Zaldibar y Éibar, así como su continuación a Maltzaga y los hornos altos de Elgoibar. Un año más tarde, el 1 de julio de 1888 se completó una nueva etapa al conectar Maltzaga con Bergara.

La última etapa del ferrocarril, entre Bergara y Zumárraga, se culminó el 14 de agosto de 1889. Ese día, además de completarse la línea, se inauguró un elegante servicio de coches-buffet directos desde Bilbao a Zumárraga, para que los viajeros más acaudalados pudieran desplazarse con unas comodidades poco comunes en los ferrocarriles de vía estrecha, que incluían servicio de comidas, bebidas y butacas reclinables.

Obras de construcción del ferrocarril de Elgoibar a San Sebastián en las inmediaciones de la capital guipuzcoana. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Tercer fascículo

Gracias al Central de Vizcaya, el Durango-Zumárraga y los trenes del Norte en esta localidad, Bilbao había logrado una conexión razonable con San Sebastián y la frontera. Sin embargo, el diferente ancho de vía entre los dos primeros respecto al Norte forzaba incómodos trasbordos que, sumados a un trazado sumamente accidentado, sobre todo en el difícil paso de la divisoria entre los ríos Deba y Urola, convertían la experiencia en toda una aventura.

Pronto surgieron nuevas iniciativas para facilitar la conexión directa y sin trasbordos entre Bilbao y Donostia, algunas con vía ancha, pero, finalmente, triunfó la solución más sencilla y económica: la construcción de una nueva línea, de ancho métrico, entre Elgoibar y la capital guipuzcoana. Para ello, el 16 de octubre de 1890 se constituyó una nueva empresa, la Compañía del ferrocarril de Elgoibar a San Sebastián. Un año más tarde, esta sociedad obtuvo las concesiones oportunas, hasta entonces en manos del empresario Manuel Martí.

Aunque las obras, bajo la dirección del ingeniero José Luis Torres Vildósola, se emprendieron simultáneamente desde Elgoibar y desde Donostia, pronto se decidió activar al máximo el tramo comprendido entre los hornos altos de Carquízano y Deba, de fácil construcción, ya que seguía el curso del río Deba y no exigió más obras de envergadura que dos túneles y dos puentes metálicos. Así, el 3 de agosto de 1893 se pudieron abrir al tráfico los poco más de once kilómetros de esta sección.

Estación de Elgoibar. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Tras la apertura del tramo de Elgoibar a Deba, la empresa ferroviaria centró todos sus esfuerzos en la conclusión del enlace entre Zarautz y San Sebastián, trayecto con el que esperaba obtener el rendimiento necesario para poder financiar la última y más difícil sección comprendida entre Deba y Zarautz. Sin embargo, aunque el 9 de abril de 1895 se inauguraron estos 26 kilómetros, los resultados de la explotación no fueron los esperados y las obras para completar los once kilómetros restantes quedaron paralizadas.

Mientras se buscaba una alternativa para financiar las obras, la Compañía del ferrocarril de Elgoibar a San Sebastián estableció un servicio combinado con diligencias entre Deba y Zarautz. Finalmente, el Central de Vizcaya, muy interesado en la conclusión de los trabajos, acudió al rescate y proporcionó el apoyo económico y técnico necesario para completar la construcción. Así, el 29 de diciembre de 1900 se celebró, con la pompa y boato habituales, la definitiva unión ferroviaria de Bilbao y Donostia.

La Compañía de los Ferrocarriles Vascongados realizó numerosas obras de mejora, incluida la construcción de una nueva estación en Bilbao, inaugurada en 1914. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La encuadernación

La conclusión de las obras entre Deba y Zarautz impulsó el tráfico ferroviario entre Bilbao y San Sebastián, pero la existencia de tres empresas concesionarias diferentes dificultaba notablemente la explotación. La solución más lógica era su unión en un solo operador, pero el proceso no estuvo exento de sobresaltos, ya que entraban en juego diversos y, en ocasiones antagónicos, intereses económicos.

De las tres compañías, la del Central de Vizcaya era la más poderosa. Disponía de una concesión a perpetuidad, frente a los 99 años de las restantes, y era la única con una cuenta de ingresos saneada gracias a su activo tráfico de viajeros y mercancías. Desde 1905 también explotaba la línea de Durango a Minas de Arrázola y Elorrio, a lo que hay que añadir su importante participación en el accionariado de las otras dos compañías. Sin embargo, el Elgoibar San Sebastián y el Durango Zumárraga se resistieron a aceptar las duras condiciones que pretendía imponer el Central.

Estas discrepancias se pusieron de manifiesto el 31 de diciembre de 1902, cuando el Ferrocarril de Durango a Zumárraga decidió suspender el tráfico combinado con el Central de Vizcaya para establecerlo con el tranvía eléctrico de Bilbao a Durango y Arratia. Sin embargo, y pese a su resistencia, finalmente se impuso el criterio del Central y el 5 de noviembre de 1906 se firmó la escritura pública de su fusión, que dio origen a la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados.

En 1929 la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados electrificó la línea de Bilbao a Donostia, la primera conexión con tracción eléctrica entre dos capitales españolas. Fondo Antonio Meléndez Castañeda. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Crecimiento y modernización

Una vez eliminadas las barreras administrativas que suponían la existencia de tres empresas explotadoras, el tráfico de la línea de Bilbao a Donostia experimentó un constante crecimiento, lo que impulsó a los Ferrocarriles Vascongados a modernizar el servicio, con la incorporación de nuevas locomotoras de vapor, coches y vagones de mayor capacidad, así como con la realización de algunas variantes de mejora del sinuoso trazado original, entre las que destacan las de Lasarte, inaugurada en 1914 y con la que el recorrido inicial entre esta estación y la de Aguinaga, de ocho kilómetros, se redujo a la mitad, o la de Lebario, abierta en 1923, con la que se evitaron las constantes inversiones de marcha que obligaba la configuración original de la estación de Durango, establecida en fondo de saco.

Junto a otras muchas mejoras, la actuación más relevante impulsada por los Ferrocarriles Vascongados fue la electrificación de sus líneas, concluida en 1929. Por primera vez, dos capitales españolas quedaban conectadas mediante trenes eléctricos, entre ellos el célebre Tren de Lujo, con coches Pullman atendidos por personal de la prestigiosa Compañía Internacional de Coches-Cama en los que las clases más acomodadas podían viajar con la misma elegancia que en los más prestigiosos expresos europeos.

La Compañía de los Ferrocarriles Vascongados reconstruyó en sus propios talleres de Durango sus antiguos coches de viajeros de madera con nuevas carrocerías metálicas. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

En los años cuarenta y cincuenta, los Ferrocarriles Vascongados vivieron su edad de oro. En 1946 alcanzó su cifra máxima de transporte de mercancías, con 652.000 toneladas, mientras que en 1954 batió su récord de demanda de viajeros, con 7.947.146 pasajeros. La empresa realizó nuevas inversiones de mejora, con la adquisición de más locomotoras y automotores, la reconstrucción de sus coches de madera con carrocerías metálicas realizadas en sus propios talleres de Durango o la modernización de sus infraestructuras. Entre ellas, la obra más destacada fue la duplicación de la vía entre Bilbao y Lemoa, que incluía una nueva variante de trazado entre Zuazo y Usansolo, abierta en 1955, que incluyó la perforación de un túnel de 1.443 metros, lo que permitió reducir el recorrido original en otros1.643 metros.

Vista aérea de la antigua estación de Durango, durante muchos años, el corazón del ferrocarril de Bilbao a Donostia, donde se ubicaban los talleres y el puesto de mando. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

De Vascongados a Euskotren

Pese a estas inversiones, el progresivo desarrollo del transporte por carretera comenzó a restar clientes al ferrocarril y los Ferrocarriles Vascongados entraron en una dinámica, por otra parte común a todas las explotaciones ferroviarias privadas contemporáneas, en la que se registraba un rápido descenso del número de viajeros y mercancías transportadas, mientras que trenes e infraestructuras cada vez resultaban más anticuados al no disponer de recursos para su modernización.

En 1971 los niveles de tráfico de los Ferrocarriles Vascongados se encontraban por los suelos, con apenas 21.500 toneladas de carga y 5.281.996 viajeros transportados en ese ejercicio. En pleno colapso económico, la empresa renunció a la explotación de la línea, que fue asumida por la sociedad estatal Feve el 25 de junio de 1972. En aquel momento, el panorama era desolador. Los trenes a duras penas podían circular, arrastrados por locomotoras con más de cuarenta años de servicio, sobre vías en precario estado e instalaciones de electrificación y seguridad en condiciones muy deficientes.

Ante esta situación, Feve decidió centrar sus esfuerzos de modernización en la línea principal entre Bilbao y San Sebastián, procediendo a la clausura de los restantes ramales; Áriz a Dos Caminos, Durango a Minas de Arrazola y Elorrio, y Maltzaga a Zumárraga. Al mismo tiempo, emprendió la renovación de vías e instalaciones de tracción y adquirió un lote de quince nuevos trenes eléctricos. Sin embargo, no pudo culminar su actuación ya que el 1 de junio de 1979 la explotación de la línea se transfirió al Consejo General Vasco.

A lo largo de su historia, el ferrocarril de Bilbao a Donostia ha experimentado numerosas mejoras en su trazado. En la imagen, una locomotora circula por la nueva variante de trazado de Karkizano (Elgoibar), abierta en 1981, mientras que a su derecha se observa la vieja traza. Fotografía de Wolfgang Grafeneder

Para la gestión de las líneas transferidas, el Gobierno Vasco constituyó, el 24 de mayo de 1982, la sociedad pública Euskotren, que prosiguió con la labor modernizadora iniciada por Feve, incluida la completa renovación de vías y electrificación y la sustitución del material móvil más antiguo por nuevas unidades eléctricas, así como la realización, a lo largo de los últimos cuarenta años, de numerosas obras como la duplicación de vía entre Lemoa y Lebario y entre Lasarte y Donostia o la integración de la línea en las redes metropolitanas de Bilbao y de la capital guipuzcoana.

En la actualidad, Euskotren presta en la histórica línea de Bilbao a Donostia un eficiente servicio de cercanías. Fotografía de Juanjo Olaizola Elordi

Tras 125 años de servicio, el futuro de la línea de Bilbao a Donostia que opera Euskotren es tan prometedor como lo fue en sus inicios, al estar llamada a jugar un papel clave en la movilidad sostenible de las áreas metropolitanas de ambas capitales vascas así como en comarcas tan densamente pobladas como el Deba, sin olvidar la creciente importancia del tráfico de mercancías.

martes, 23 de diciembre de 2025

¡LLEGAN LAS MONTAÑA! (y IV)

La locomotora de vapor 241-2093 de Renfe, antigua 1793 de MZA fue captada en abril de 1971 a la cabeza de un humilde tren de mercancías en las proximidades de La Fuente de San Esteban. Fotografía de Manolo Maristany. Fondo MPS. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril
 

La 241-2093

Sin lugar a duda, el barcelonés Manolo Maristany Sabater (1930-2016) ha sido el fotógrafo que mejor ha plasmado los últimos años de tracción vapor en los ferrocarriles españoles. Pionero en la publicación de libros sobre fotografía ferroviaria en nuestro país con Adiós viejas locomotoras, editado por José María Casademont en 1973, de su cámara y su pluma salieron pronto otras obras tan destacadas como buscadas hoy en día por los aficionados al tren, como es el caso de los dos volúmenes que dedicó a los ferrocarriles de vía estrecha de España y Portugal, Carrilets, publicados respectivamente en 1974 y 1976.

Para elaborar estos y otros libros de su autoría como Máquinas, maquinistas y fogoneros (1985), Viajes y reportajes (1988), Los últimos gigantes (1992), Los Ferrocarriles Vascongados y sus ilustres ramales (1995) o La epopeya de los directos (2004), Manolo Maristany recorrió la península ibérica de este a oeste para captar no solo las últimas locomotoras de vapor aún en activo a finales de la década de los sesenta y la primera mitad de los setenta, sino también locomotoras y automotores eléctricos y diésel dispersos por las últimas líneas de vía estrecha del país.

Uno de los destinos que subyugó a Manolo Maristany fue el viejo depósito de locomotoras de Salamanca, donde todavía pudo captar en servicio, junto a las más recientes «mikados», las últimas 1400 y 1700 de la antigua MZA. Es el caso de la locomotora que protagoniza esta sección, la veterana 241-2093 de Renfe, es decir, la antigua «montaña» 1793 de MZA.

Tras cuarenta años de infatigable servicio, la 1793 ya hacía tiempo que había sido relegada de la cabeza de los trenes expresos más importantes, pero todavía tenía bríos para arrastrar pesados trenes de mercancías entre la frontera portuguesa y la capital charra. Su combustible original había sido reemplazado por el fueloil a mediados de los años cincuenta, lo que había mejorado sus prestaciones y permitió prolongar su vida activa más allá de 1968, fecha en la que Renfe eliminó el carbón como combustible en sus máquinas.

Manolo Maristany pudo captar esta fotografía cuando apenas quedaban unas semanas para que la antigua 1793 apagara definitivamente su caldera. A pesar de sus cuarenta años, su estampa a la entrada de la estación de Fuente de La Fuente de San Estaban todavía resultaba imponente, tal y como quedó reflejado en esta elegante instantánea.



sábado, 20 de diciembre de 2025

¡LLEGAN LAS MONTAÑA! (III)

 

Entre 1938 y 1939 Babcock & Wilcox transformó la «montaña» 4648 según los principios auspiciados por Chapelon. Esta máquina se distinguía a simple vista de sus continuadoras, las Renfe 241-4067 a 4094 por carecer de capota de cierre de la cabina en el ténder. En la imagen, arranca con toda su potencia en la estación de Alsasua. Fotografía de Christian Schnabel. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

TUNNING FERROVIARIO

En su momento, las «montañas» de la Compañía del Norte fueron las más avanzadas de España y uno de los modelos más innovadores de Europa. Sin embargo, los estudios y desarrollos realizados por el ingeniero francés André Chapelón a finales de los años veinte a lo largo de los treinta, en los que modificó diversas locomotoras de la vecina república con el incremento de su presión, el aumento de la superficie de calefacción del recalentador y de las secciones de paso del vapor o la introducción de distribuciones modernas y escapes mejorados.

Conocedor de todas estas innovaciones, el duque de Zaragoza, inspector de tracción de la Compañía del Norte y amigo de Chapelon, convenció a esta empresa para experimentar las propuestas del ingeniero francés en una de sus «montaña». Así, en 1936 se seleccionó la máquina 4648, aunque, a consecuencia de la guerra civil, su transformación no se pudo iniciar en los talleres de Babcock & Wilcox hasta 1938 para concluirla un año más tarde.

Dadas las trágicas circunstancias del momento, la Compañía del Norte no pudo realizar una transformación completa según los principios preconizados por Chapelon y mantuvo la presión original de 16 kilogramos. Por el contrario, se incrementó la superficie de calefacción del recalentador, el escape original se sustituyó por el más eficiente Klychap, se aumentaron las secciones de paso del vapor y las válvulas de distribución cilíndricas originales se vieron sustituidas por otras más modernas Dabeg.

Renfe recibió entre 1946 y 1948 las 28 nuevas locomotoras de la serie 241-4067 a 4094, una versión «tunning» de las magníficas «montaña» de la Compañía del Norte. Depósito de Alsasua. Fotografía de Christian Schnabel. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Tras el buen resultado obtenido, su esfuerzo de tracción se incrementó en un 15% respecto al diseño original, sin que por ello aumentara el consumo de carbón y agua, la Compañía del Norte decidió adquirir nuevas locomotoras que incorporasen de serie estas mejoras. Dado que en esas mismas fechas matriculó las «montaña» que adquirió de ocasión a la Explotación de Ferrocarriles por el Estado y a Andaluces a partir de la 4690, es de suponer que la previsión inicial fuera de 33 unidades, las que deberían haber cubierto el hueco en la numeración que quedaba libre a partir de la 4656.

Dada la situación del momento, esta previsión nunca llegó a cumplirse. En 1941, Renfe rematriculó las «montaña» heredadas de Norte en la serie 241-4001 a 4056, mientras que las originarias de Andaluces se marcaron a continuación, de la 241-4057 hasta la 241.4066. No obstante, el mismo año de su constitución la empresa estatal finalmente se decidió a adquirir un lote de nuevas «montaña» basadas en el tunning que había experimentado la 4648.

Detalle de algunas de las innovaciones introducidas en las locomotoras 241-4067 a 4094 de Renfe, como la distribución mediante válvulas Dabeg, la ampliación de la sección de los pasos del vapor o el escape doble Klychap. Fotografía de Christian Schnabel. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

En lugar de 34, Renfe adquirió finalmente 28 locomotoras. Matriculadas a continuación de las de Norte y Andaluces como 241-4067 a 4094, todas ellas fueron construidas por Babcock & Wilcox entre 1946 y 1948, empresa que les otorgó los números de fábrica 524 a 551. Resulta llamativo que, pese a su indudable origen Norte, en principio estaba previsto utilizarlas en las antiguas líneas de su rival, MZA, donde se esperaba mejorasen las prestaciones de sus rivales, las 1700. Sin embargo, aunque en 1951 el depósito de Madrid-Atocha contaba con ocho de estas máquinas, pronto todas se concentraron en Miranda de Ebro y Valladolid.

Pese a sus magníficas prestaciones, la vida de estas locomotoras fue relativamente breve. Muy apreciadas por los maquinistas por su estabilidad de marcha, la facilidad con la que podían superar los 100 kilómetros por hora y las grandes marchas que efectuaban a regulador cerrado o con la admisión al mínimo, los responsables de los talleres no compartían esta opinión debido al exquisito mantenimiento que exigían. La llegada de las «confederación», primero, y la completa electrificación de la línea de Madrid a Irun, concluida en 1968, precipitó su final y las primeras se desguazaron en 1966, cuando apenas contaban con veinte años de servicio, mientras que las últimas se retiraron del servicio en 1969. Por el contrario, los últimos ejemplares de las 1700 de MZA, más antiguas y menos eficientes, pero mucho más sencillas de mantener, se mantuvieron activas en el depósito de Salamanca hasta 1971.


lunes, 15 de diciembre de 2025

¡LLEGAN LAS MONTAÑA! (II)

 

Locomotora de vía estrecha número 3 del Dampf-Kleinbahn Mühlenstroth de Gütersloh, bautizada en honor de Adolf Wolff. Fotografía de Christoph Beyer

ADOLF WOLFF


Para cubrir las necesidades de tracción para los expresos de la Compañía del Norte el subjefe de tracción de esta empresa, el ingeniero Armando Flobert, realizó un amplio estudio en el que se determinó que era necesario disponer de una locomotora de vapor con una gran caldera, cuatro cilindros, según el sistema de Glehn, vapor recalentado y un rodaje 241 «montaña», que pudiera arrastrar trenes de hasta 400 toneladas en los variados perfiles de la línea de Madrid a Hendaia.

Con estas premisas, la firma alemana Hanomag presentó el proyecto constructivo desarrollado por un joven ingeniero industrial, Adolf Wolff. Nacido en la ciudad de Goslar (Baja Sajonia) el 8 de marzo de 1894, cursó sus estudios superiores en la Universidad Técnica de Hannover.

Una vez licenciado, Adolf Wolff ingresó en Hanomag, donde trabajó hasta 1917, cuando fue contratado por otra firma constructora de locomotoras, Hohenzollern. Dos años más tarde, cambió nuevamente de empresa, para ingresar en la plantilla de Borsig en Berlín.

A partir de 1922, desde Borsig, Wolff trabajó en el diseño de las diversas series de locomotoras que en aquella época estandarizó la Deutsche Reichsbahn, en colaboración con el reputado ingeniero Richard Paul Wagner. Además, trabajó como consultor independiente para otras empresas, como es el caso de su colaboración con Hanomag para el desarrollo de las «montaña» de la Compañía del Norte.

En 1932 Wolff diseñó la que, sin duda, fue su locomotora más perfecta, el tipo 05 de la Deutsche Reichsbahn, tres prototipos con rodaje 232, dos bogies de dos ejes extremos y tres ejes motores, diseñados para el desarrollo de altas velocidades. Una de ellas, la 002, estableció el 11 de mayo de 1936 un récord mundial de alta velocidad al alcanzar los 200,4 kilómetros por hora.

Tras el éxito de estas máquinas, en 19938 Adolf Wolff relevó a otro reputado ingeniero, August Meister, como ingeniero jefe de Borsig. Poco después, durante la segunda guerra mundial, colaboró en el diseño de algunas de las famosas series de Kriegsloks, como las de la serie 52, de las que se construyeron cerca de 8.000 ejemplares, pero su trabajo más conocido en la época, la BR 53… ¡nunca se construyó!

Diseñada en 1943 para arrastrar pesados trenes de mercancías, estaba previsto que la BR53 fuera una enorme locomotora articulada sistema Mallet con rodaje 1340, es decir, un eje libre delantero, tres ejes motores impulsados por los cilindros de baja presión y cuatro por los de alta. La máquina debería medir 27,4 metros y pesaría 140 toneladas. El curso de la guerra impidió que esta máquina llegara a materializarse, pero, tres décadas más tarde su proyecto fue materializado por la reputada firma Hamo de Marklin en escala H0, lo que contribuyó de forma decisiva a su conocimiento entre los amigos del ferrocarril de todo el mundo.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, Adolf Wolff abandonó Borsig y a partir de 1950 trabajó para la firma Krauss-Maffei de Munich, donde dirigió la modernización de las tres locomotoras de la serie 05 que había diseñado quince años antes, cuya actualización había contratado el Deutsche Bundesbahn con la firma bávara en 1950. Cuando en 1962 el Museo del Nuremberg preservó la locomotora 05-001, su creador fue objeto de un gran homenaje en esta institución.

Adolf Wolff falleció en Munich el 6 de septiembre de 1964. Años más tarde, el Dampf-Kleinbahn Mühlenstroth de Gütersloh (Westfalia) le rindió homenaje al bautizar con su nombre una de sus pequeñas locomotoras, la número 3. Se trata de una pequeña máquina de cuatro ejes construida por Borsig con el número de fábrica 10364 en 1919 para el ejército alemán. Vendida a Polonia en 1922, dos décadas más tarde trabajaba en Lituania, pero en 1948 había retornado a Alemania para trabajar en una mina de lignito y, a partir de 1953, en el Ferrocarril Forestal de Muskau, donde trabajó hasta 1972. Preservada en 1974, en la actualidad encabeza con orgullo los trenes turísticos de este interesante museo.


martes, 25 de noviembre de 2025

¡LLEGAN LAS MONTAÑA!

Fotografía de la primera locomotora «montaña» construida en España, la 1701 de MZA, en los talleres de su fabricante, La Maquinista Terrestre y Marítima de Barcelona. Fondo MPS. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

En 1925 España se iniciaron las pruebas de la primera locomotora construida en serie en Europa del tipo «montaña», un modelo ya habitual en Norteamérica pero del que en el viejo continente solo se habían construido dos prototipos para los ferrocarriles del Este y de París a Lyon y el Mediterráneo. Se trataba de la 1701 de la compañía de los ferrocarriles de Madrid a Zaragoza y Alicante (MZA), construida en Barcelona en los talleres de La Maquinista Terrestre y Marítima.

Pocos meses después, esta máquina pionera fue seguida por la 4601, puesta en servicio por la gran rival de MZA, la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España. Sin embargo, a diferencia de la anterior, ésta había sido diseñada en Alemania, país en el que se construyeron las primeras unidades, aunque las restantes fueron fabricadas en España bajo licencia en los talleres de la Babcock & Wilcox Española de Galindo (Bizkaia), los astilleros de Euskalduna en Bilbao y la propia Maquinista Terrestre y Marítima de Barcelona.

Las veloces «pacific» de la Compañía del Norte no eran capaces de superar las rampas más duras de la línea de Madrid a Hendaia. Fotografía de Trevor Rowe. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril


Más potencia

En coincidencia con el cambio al siglo XX, el parque de coches de viajeros de los principales ferrocarriles españoles experimentó una notable evolución con la introducción de nuevos coches de grandes dimensiones, montados sobre bogies, de mayor capacidad y más confortables que sus predecesores de dos ejes, pero también mucho más pesados. En consecuencia, las locomotoras de vapor disponibles hasta la época para la tracción de los trenes de pasajeros, con máquinas de dos o tres ejes acoplados, resultaba insuficiente para poder asumir cargas cada vez más notables, sobre todo en trazados tan duros como los que caracterizan la red ferroviaria peninsular.

En la segunda década del siglo XX, tanto MZA como la Compañía del Norte siguieron el ejemplo de los principales ferrocarriles europeos y norteamericanos e introdujeron en sus servicios de viajeros las locomotoras del tipo «Pacific», con un rodaje conformado por un bogie de apoyo y guiado de dos ejes, tres pares de ruedas motoras y un bisel de un eje trasero, que permitía disponer de un cajón de fuegos con una gran parrilla, imprescindible para una buena producción de vapor. La primera de estas concesionarias llegó a contar con 18 máquinas de este tipo, cuatro de ellas de doble expansión, mientras que su rival dispuso de 16 elegantes locomotoras, todas ellas de cuatro cilindros.

Las nuevas «Pacific» pronto demostraron sus buenas cualidades para correr en cabeza de los principales expresos, tal y como hacían sus hermanas en el extranjero, pues no hay que olvidar que fue una «Pacific», la inglesa Mallard, la que el 3 de julio de 1938 batió el récord mundial de velocidad al alcanzar los 203 kilómetros por hora. Sin embargo, sus tres ejes motores, con ruedas de 1.750 milímetros, resultaban insuficientes para ascender por las duras rampas que jalonan los trazados españoles. En consecuencia, su uso se veía limitado a los tramos más favorables, mientras que en los más sinuosos eran relevadas por máquinas más lentas como las «Mastodonte», con ruedas más pequeñas, pero con cuatro ejes motores, lo que garantizaba la adherencia necesaria.

Ante estas circunstancias, viajes como el del expreso de Madrid a Irún requerían al menos de tres cambios de locomotora, ya que las «Pacific» se utilizaban en los tramos favorables de la meseta, mientras que las «Mastodonte» tomaban el relevo para atravesar los pasos de las cordilleras central y cantábrica. En consecuencia, las ganancias de tiempo que se obtenían con la mayor velocidad que podían alcanzar las primeras, se perdía en buena parte con las operaciones de sustitución por las segundas.

Las locomotoras «montaña», con sus cuatro ejes motores y su gran caldera eran la mejor solución para combinar la velocidad en los tramos favorables y sostener una buena marcha en las rampas. Locomotora de la serie 1700 de MZA. Fotografía de Trevor Rowe. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La solución

La solución evidente para los problemas de tracción de los expresos de MZA y Norte era poder contar con locomotoras que, al mismo tiempo, fueran capaces de desarrollar grandes velocidades y de sostener la marcha, sin patinar, en las rampas más duras. Para ello, la mejor opción era una simbiosis entre las «Pacific» y las «Mastodonte» que aunara las virtudes de ambos modelos; las cualidades para correr de las primeras, con la gran adherencia que proporcionaban los cuatro ejes motores de las segundas.

Aunque el primer precedente de este tipo de rodaje, con un bogie de dos ejes para apoyo y guiado, cuatro pares de ruedas motoras y un bisel trasero de un eje se encuentra en una pequeña serie de cinco locomotoras construidas en 1888 por la firma británica Dübs para los Ferrocarriles del Gobierno de Natal (Sudáfrica), el verdadero desarrollo de esta clase de máquinas se inició en 1908 en los ferrocarriles de Nueva Zelanda. Diseñadas por el ingeniero inglés Alfred Beattie y construidas en los talleres de Addington, estaban diseñadas para poder superar con facilidad la cadena montañosa que divide la isla norte del país y, probablemente, de ahí derive su nombre.

El magnífico resultado de las «Mountain» neozelandesas pronto fue seguido por otros países como Sudáfrica, pero donde alcanzarían su máximo esplendor fue en los Estados Unidos, donde su producción se inició en 1911 con las primeras unidades entregadas por la American Locomotive Company al ferrocarril de Chesapeake y Ohio. Destinadas a las líneas que esta empresa operaba en las montañas Allegheny (otro de los posibles orígenes del sobrenombre de estas locomotoras), pronto demostraron sus magníficas prestaciones de velocidad en los trenes de viajeros y de arrastre en los de mercancías, por lo que rápidamente se popularizaron hasta el punto de construirse más de 2.200 locomotoras con este rodaje para las diferentes compañías ferroviarias norteamericanas.

La experiencia norteamericana pronto llamó la atención de MZA y Norte, pero las dimensiones y pesos de estas máquinas eran muy superiores a las que admitían los ferrocarriles europeos, por lo que era necesario replantear su diseño. Tal y como nos recuerda Fernando Fernández Sanz en su monumental Historia de la tracción vapor en España, a partir de 1922 MZA inició los estudios para adaptar estas máquinas a sus necesidades y poco después recibió dos ofertas para su fabricación por parte de la alemana Henschel y la American Locomotive Company. Sin embargo, el precio propuesto por ambas fue considerado muy elevado, por lo que finalmente optó por contratar con La Maquinista Terrestre y Marítima la construcción de 25 unidades el 21 de julio de 1924.

La Compañía del Norte confió el diseño de sus locomotoras «montaña» a la industria alemana. En la fotografía oficial de su constructor, Hanomag, aparece sin su correspondiente ténder, ya que éste fue construido en España por la Sociedad Española de Construcción Naval. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril


Dos escuelas

La propuesta de la firma catalana era, en buena medida, una variante de las locomotoras «Mastodonte» de la serie 1400 que venía suministrando a MZA desde 1920 con muy buenos resultados. Se alargó la máquina y la caldera, que dispuso de un hogar más amplio, apoyado sobre el nuevo bisel trasero, y se incrementó el diámetro de las ruedas motoras de 1.600 a los 1.750 milímetros habituales en las «Pacific» españolas. El resultado, una máquina sencilla, fiable y de fácil manejo y mantenimiento, aunque con prestaciones inferiores a modelos más evolucionados, sobre todo los de doble expansión.

A diferencia de MZA, la Compañía del Norte confió el diseño de sus nuevas «Montaña» a la industria extranjera, con la esperanza de incorporar a sus locomotoras los últimos avances en el sector. Para ello contrató el suministro de seis unidades a la firma alemana Hanomag, empresa que encomendó su diseño a uno de sus ingenieros más brillantes, Adolf Wolff. El resultado, una locomotora más sofisticada, con cuatro cilindros en doble expansión, con mejores prestaciones y menor consumo de carbón y agua que su rival, pero a costa de una conducción y mantenimiento más difíciles.

La sencillez constructiva de las locomotoras contratadas por MZA permitió que esta empresa tuviera a su disposición la primera unidad antes que su eterno rival. Así, el 30 de junio de 1925, la 1701 realizó sus primeros viajes de prueba entre Barcelona y Granollers. Tras el buen resultado de las mismas, el 6 de julio siguiente ya se le asignó su primer servicio comercial, aunque siguió siendo objeto de nuevos ensayos, como el realizado el 28 de dicho mes, cuando arrastró un expreso de 300 toneladas en la rampa de Arcos de Jalón a Torralba en 27 minutos, catorce menos que los asignados en este trayecto según la hoja de marchas.

La fabricación de elementos complejos como la fundición del bloque de baja presión retrasó la producción de las locomotoras «montaña» de la Compañía del Norte en España. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril


La Compañía del Norte tuvo que esperar hasta el mes de agosto para recibir la primera de las locomotoras construidas en Alemania por Hanomag, mientras que su tender se había fabricado en los astilleros de la Sociedad Española de Construcción Naval de Sestao (Bizkaia). Naturalmente, antes de su puesta en servicio se procedió a realizar diversas pruebas, siendo escogida la tercera de la serie, la 4603, para remolcar un tren de 410 toneladas en la dura rampa de Madrid a Ávila, en la que los expresos ordinarios, con una carga de 250 a 300 toneladas, disponían de 169 minutos. Arrastrando un peso de hasta un 65% superior a la normal, pudo cubrir el trayecto en tan solo 116 minutos, descontado el tiempo perdido ante señales cerradas y precauciones, sostuvo velocidades de hasta 50 kilómetros por hora en las rampas más duras y, en el regreso, alcanzó los 110 kilómetros por hora entre Las Matas y Las Rozas. Además, todo ello con un consumo de carbón inferior al de las «mastodonte» que habitualmente prestaban este servicio.

Tras ésta y otras muchas pruebas, las nuevas «montaña» de la Compañía del Norte se asignaron al servicio comercial en octubre de 1925. Poco después, a partir de julio de 1926, una vez mejorados algunos puentes, realizaban el trayecto completo de Madrid a Miranda de Ebro, casi 500 kilómetros, uno de los recorridos más largos de la época, para lo que era necesario contar con dos fogoneros.

La locomotora 1775 fue una de las primeras «montaña» de MZA equipada con distribución Lentz. Fondo MPS. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril



Las 1700 de MZA

Como se ha señalado, MZA realizó un primer pedido de 25 locomotoras «montaña», que serían matriculadas en la nueva serie 1701 a 1725. Construidas por La Maquinista Terrestre y Marítima en Barcelona, recibieron los números de fábrica 179 a 203. De inmediato, estas máquinas se hicieron titulares de los principales expresos en las líneas de Madrid a Barcelona, Alacant y Sevilla.

El buen resultado obtenido con estas locomotoras animó a MZA a adquirir más unidades. Así, en 1927 incorporó a su parque otras 40 máquinas, matriculadas como 1726 a 1765, construidas también por La Maquinista Terrestre y Marítima con los números de fábrica 284 a 323. Otras cuatro unidades, las 1766 a 1769 se incorporaron en 1929, marcadas con los números de construcción 380 a 383 del fabricante catalán.

También en 1929 MZA incorporó otras seis máquinas de este tipo, las 1770 a 1775, números de fábrica 384 a 389 de La Maquinista Terrestre y Marítima, que, a diferencia de sus predecesoras, incorporaban una importante innovación tecnológica: la sustitución de la tradicional válvula de distribución cilíndrica, por una más eficiente del tipo Lentz. Este cambio representaba una notable mejora en locomotoras de simple expansión como las «montaña» de esta empresa, para poder trabajar con grados de admisión muy reducidos y evitar así las contrapresiones y laminados del vapor que se producían con las presiones tan elevadas y el gran volumen de vapor con el que trabajaban los dos cilindros.

En sus últimas «montaña» MZA introdujo novedades técnicas como la distribución de válvulas Dabeg y las pantallas levantahumos. Fondo MPS. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril


Gracias a las modernas válvulas introducidas en la distribución de las nuevas locomotoras, su marcha mejoró notablemente y se redujo su consumo y, sobre todo, las oscilaciones que experimentaban a gran velocidad. En consecuencia, MZA siguió apostando por esta mejora, pero en las siguientes máquinas que puso en servicio se decantó por un nuevo sistema, el Dabeg. Las primeras unidades equipadas con ellas fueron las 1776 a 1785, construidas por La Maquinista Terrestre y Marítima en 1930 con los números de fábrica 428 a 437, seguidas un año más tarde por las 1786 a 1795, marcadas por el fabricante como 468 a 477.

En definitiva, MZA adquirió un total de 95 locomotoras «montaña» de su serie 1700 que pronto se adueñaron de la tracción de los principales expresos que operaba esta empresa en las líneas que comunicaban Madrid con Catalunya, Alacant y Andalucía. A medida que entraban en servicio, la experiencia impulsó la introducción de mejoras, como las ya citadas válvulas de distribución, los sistemas de precalentado de agua, a partir de la 1724, o las pantallas levanta humos, a partir de la 1786.

Locomotora 4607, la primera «montaña» de la Compañía del Norte construida por Euskalduna en su astillero de Bilbao. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril 


Y las 4600 de Norte

Debido a sus notables innovaciones tecnológicas, la construcción de las locomotoras «montaña» de la Compañía del Norte se retrasó considerablemente respecto a las de su rival MZA. Además, aunque las primeras seis unidades, con excepción de sus ténderes, se construyeron en Alemania por la firma Hanomag en 1926, con los números de fábrica 10.495 a 10.500 y matriculadas como 4601 a 4606, las restantes serían producidas en España, lo que obligó previamente a que la industria nacional se adaptara para poder fabricar elementos entonces tan complejos como el bloque de fundición que conformaban los cilindros interiores de baja presión.

Para complicar aún más su fabricación, a diferencia de MZA, que encomendó todas sus nuevas locomotoras a un único constructor, Norte repartió su construcción entre cuatro empresas distintas: la ya citada Hanomag, los astilleros Euskalduna de Bilbao, los talleres de la sociedad Babcock & Wilcox Española de Galindo (Bizkaia)… ¡y la propia Maquinista Terrestre y Marítima de Barcelona!

Locomotora 4622, construida por Babcock & Wilcox para la Compañía del Norte. Fondo MPS. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril 


Las primeras «montaña» de la Compañía del Norte construidas en España fueron fabricadas en 1927 por la Compañía Euskalduna de construcción y reparación de buques, cuyo presidente, Sir Ramón de la Sota, era uno de los principales accionistas de Norte y miembro de su consejo de administración. Matriculadas como 4607 a 4614, recibieron los números de fábrica 49 a 56.

Mientras el astillero bilbaíno construía las primeras siete locomotoras «montaña» de Norte fabricadas en España, la vecina Babcock & Wilcox ensamblaba otras siete en su factoría de Galindo (Bizkaia). En este caso se matricularon como 4615 a 4621 y recibieron los números de construcción 211 a 217. Ese mismo año de 1927 La Maquinista Terrestre y Marítima de Barcelona suministró las únicas cinco máquinas de este modelo que salieron de sus talleres, las 4622 a 4626, que recibieron los números de construcción 355 a 359.

La Maquinista Terrestre y Marítima también construyó cinco locomotoras «montaña» para la Compañía del Norte. Fondo MPS. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril


En 1928 Norte adquirió diez nuevas locomotoras «montaña», cuya construcción repartió entre los dos fabricantes vizcaínos. Así, las 4627 a 4631 fueron encomendadas a Babcock & Wilcox, empresa que les otorgó los números 281 a 285 de su producción, mientras que Euskalduna se responsabilizó de las 4632 a 4636, que recibieron los números de fábrica 124 a 128.

Norte recibió sus últimas veinte locomotoras «montaña» en 1930, construidas, una vez más, a partes iguales entre Euskalduna y Babcock & Wilcox. La primera suministró las 4637 a 4646, con los números de fábrica 179 a 188, mientras que los talleres de Galindo entregaron las 4647 a 4656, marcadas por su constructor como 349 a 358.

La Compañía de los Ferrocarriles Andaluces también adquirió diez locomotoras «montaña» similares a las de la Compañía del Norte, construidas por Euskalduna y Babcock & Wilcox. Fondo MPS. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril 


El parque de locomotoras «montaña» de la Compañía del Norte no se limitó a estas 56 unidades. En 1927 la Compañía de los ferrocarriles Andaluces había contratado en 1927 diez locomotoras prácticamente idénticas para remolcar los pesados expresos que se esperaba generarían los eventos ligados a la gran exposición de Sevilla de 1929. La principal diferencia es que su puesto de conducción se encontraba situado a la derecha de la máquina, cuando en las de Norte se encontraba a la izquierda.

Al igual que sucedió con las de Norte, la construcción de las diez locomotoras de Andaluces se repartió entre Babcock & Wilcox y Euskalduna, fabricando la primera las matriculadas como 4301 a 4305, con los números de producción 218 a 222, mientras que el astillero bilbaíno entregó las 4306 a 4310, con los números de fábrica 67 a 71.

La «montaña» 4604 de la Compañía del Norte abandona la estación de Madrid-Príncipe Pío en cabeza de un expreso hacia Hendaia. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril


Las «montaña» de Andaluces no se adaptaron a las necesidades de esta empresa: su elevado peso impedía que pudieran circular por la mayor parte de sus líneas y en las que podían hacerlo resultaban excesivamente potentes. Por ello, en 1934 vendió cuatro de ellas, las 4301, 4304, 4305, 4308 y 4309, a la Explotación de Ferrocarriles por el Estado aunque, finalmente, tras la guerra civil, se incorporaron todas la parque de tracción de Norte, donde inicialmente fueron matriculadas como 4690 a 4699, con lo que quedaba libre en la numeración de esta empresa un hueco de 34 unidades que se esperaba cubrir con nuevas adquisiciones que, finalmente, nunca realizó esta empresa, tras su integración en Renfe en 1941.

Salamanca se convirtió en el último refugio de las «montaña» de MZA. En la imagen, la 241-2086 se prepara en el puente giratorio del depósito para emprender el servicio. Fotografía de Xavier Santamaría. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril


lunes, 27 de octubre de 2025

EL CREMALLERA DE MONTSERRAT (y IV)

 

Una de las centenares de imágenes de alguno de los varios perros que, con los más pintorescos disfraces, actuaban como guardabarreras del paso a nivel del ferrocarril de Montserrat con la carretera. Fondo MPS. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

EL PERRO KU-KI

Prácticamente desde los inicios del histórico ferrocarril de cremallera, uno de los guardabarreras del paso a nivel con la carretera que ascendía al monasterio de Montserrat tuvo la idea que amaestrar a su perro para que presentase un banderín rojo al paso del tren. La actuación del animal pronto se convirtió en un reclamo para los viajeros del tren, y también para los que esperaban en el camino su paso, que le lanzaban monedas a modo de propina.

Ante el éxito de la idea, su propietario pronto mejoró su propuesta, incorporando al pobre chucho otros elementos como una gorra, una capa y hasta gafas. Las propinas que ofrecían los viajeros del tren y también los automovilistas que esperaban su paso pacientemente debían ser lo suficientemente lucrativas como para que, al fallecer el primer perro, cuya presencia está documentada gráficamente al menos desde 1898, lo sustituyera inmediatamente por otro y, así, sucesivamente. No todos se llamaron igual, ya que hay constancia de que alguno de ellos respondía por Bo-bi y es posible que otros tuvieran nombres diferentes. Por otra parte, para aumentar aún más su visibilidad y, sobre todo, los ingresos, lo colocaba sobre una peana que servía de soporte publicitario, lo que pronto se convirtió en una nueva fuente de ingresos.

Tan popular llegó a ser el perro guardabarreras y tan lucrativa su explotación que, tras el cierre del ferrocarril de cremallera en 1957, durante algunos años más siguió realizando su pequeña función en el antiguo paso a nivel de la carretera de Montserrat. Ya no había trenes, ni viajeros que le arrojasen alguna moneda, pero los automovilistas que transitaban por ahí todavía lo hicieron durante algún tiempo.



martes, 21 de octubre de 2025

EL CREMALLERA DE MONTSERRAT (III)

 

La recuperación del ferrocarril de cremallera de Montserrat exigió la construcción de una variante de trazado que incluía un nuevo puente de 480 metros de longitud. Fotografía de Jordi Escudé i Coll. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

RESURRECCIÓN

Tras la clausura de la línea en 1957, todo parecía indicar que el cremallera de Montserrat pasaría a la historia al igual que otros muchos ferrocarriles, sobre todo de vía estrecha, suprimidos en los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo pasado a o largo y ancho de nuestro país. Sin embargo, el constante aumento de los visitantes de la abadía, peregrinos y excursionistas que ascendían en autobuses y, sobre todo, en automóviles, resultaba incompatible con el cuidado de un entorno natural tan rico y, a su vez, tan sensible, como es el de la montaña de Montserrat.

La necesidad de buscar alternativas de transporte más respetuosas con el medio ambiente hizo que en los años noventa se plantease, cada vez con más fuerza, la idea de reconstruir el viejo tren de cremallera. Así, en 1999 se presentó un proyecto de recuperación que pronto fue asumido por Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya.

A diferencia del primitivo tren, el nuevo cremallera no emplearía la anacrónica tracción por vapor, sino que sería eléctrico. Sin embargo, mantendría buena parte del trazado entre Monistrol-vila y la abadía y, además, volvería a utilizar el ancho de vía métrico y, sobre todo, el sistema Abt, que la empresa autonómica ya utilizaba en el ferrocarril de Nuria, línea que había asumido en 1981 al incorporar los antiguos activos de Ferrocarriles de Montaña a Grandes Pendientes.

La recuperación del nuevo cremallera no afectó al primitivo tramo con origen en la estación de Monistrol de la antigua Compañía del Norte. Además, para conectar Monistrol-Vila con Monistrol-Enllaç se construyó una variante de trazado que incluía un puente metálico de 480 metros de longitud. Asimismo, se eliminaron todos los antiguos pasos a nivel.

En vísperas de la reapertura del ferrocarril de cremallera de Montserrat una locomotora eléctrica procedente de la línea de Nuria realiza un viaje de pruebas. Fotografía de Jordi Escudé i Coll. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Las obras de reconstrucción del histórico ferrocarril de cremallera se iniciaron en julio de 2001 y en noviembre de 2002 se colocaron los primeros carriles. Pocos meses más tarde, en marzo de 2003 se realizaron las primeras pruebas, primero con locomotoras procedentes del tren de Nuria, que también se habían utilizado para remolcar los trenes de trabajo, y, posteriormente, con las nuevas unidades eléctricas adquiridas para la línea, construidas por la firma suiza Stadler.

Una vez verificadas todas las pruebas, el 11 de junio de 2003, tras 46 largos años de paralización, el histórico ferrocarril de cremallera de Montserrat, totalmente reconstruido y actualizado, volvió a la vida. La renovada línea tiene una longitud de 5,28 kilómetros, de los que 4,1, los comprendidos entre la estación de Monistrol-Vila y la abadía, cuentan con cremallera, mientras que el tramo restante a Monistrol-Enllaç, funciona por simple adherencia. El trazado supera un desnivel de más de 500 metros con pendientes de hasta el 15%.

Toda la línea cuenta con vía única, salvo un tramo central de unos 400 metros de longitud, diseñado para realizar el cruce de las composiciones ascendentes con las descendentes sin que éstas tengan que detener la marcha. Todo el trayecto está electrificado a la tensión de 1.500 voltios en corriente continua.

Unidad  adquirida por Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya a la firma suiza Stadler para la reapertura del ferrocarril de cremallera de Montserrat. Fotografía de Miquel Palou Sarroca. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Poco tienen que ver las cifras de demanda del nuevo ferrocarril cremallera de Montserrat con las de su veterano predecesor. El pasado año batió todos sus récords históricos al transportar 721.713 personas que han ascendido hasta el monasterio de un modo sostenible y respetuoso con el medio ambiente.